E L   P E R E G R I N O

         EL VIEJO IVÁN HABÍA SALIDO DE CASA hacía ya muchos años, cuando aún era joven. Un día le embargó la pasión del cambio. Tomó su morral, se lo colocó al hombro y emprendió camino sin rumbo fijo; según él, en busca de la esperanza allá donde ésta se encontrase.

         Como sucede con tantos otros soñadores, Iván fue presa de la indiferencia y el desprecio de los suyos: ¿Qué pretendes hacer tú solo? Te depredará el pésimo mundo.  ¿Dónde vas a estar mejor que en tu propia casa? ¡Qué ganas tienes de complicarte la vida!. ¡Si te vas, ya no regreses, mal hijo; tu padre, que está cansado, te necesita para que le trabajes la tierra del amo!  

Pero Iván no quería hacerse viejo como su padre, trabajando las tierras del amo a cambio de unos sacos de papas y unos brazos de maíz en tiempo de cosecha, convirtiendo luego el resto del año en un sufrir de cada día para librarse a base de imaginación del hambre cotidiano.  Cerró los ojos, cerró los oídos, sumó fuerzas con sus sueños y sus miedos; no miró hacia atrás, y lamiéndose las solitarias lágrimas que escurrían por la ruda costra de su áspera cara acostumbrada a nieblas de amanecer y escarchas de atardecer sin luna, cerró filas con su propio coraje, y tragándose a borbotones la saliva que amenazaba con ahogarle, dejo el  rico y húmedo valle de Jezrael y su pueblo Jasor y su lugar preferido desde la infancia, el lago de Hule, que se alimenta de las aguas del naciente rio Jordán en el territorio que dio naturaleza de pueblo a las tribus de Manasés, Aser, Zabulón, Neftalí e Isacar, y caminó y caminó rumbo al sur atravesando toda Galilea, toda Samaria, durante semanas y meses hasta entrar en la tierra de Judea.

Una noche que la rabia pudo con su orgullo y lo agoto dormido bajo un árbol, sólo cobijado por su morral y el calor del perro que lo siguió sin saber a dónde iban, hasta que cayó también él extenuado entre los brazos de su amo.

         ¡Qué importa lo que Iván hizo o dejó de hacer, y si le fue bien o mal en su aventura!

Es cierto que se podían escribir muchas historias con sus historias, llenar montones de libros, y dar paso a emociones desparramadas  que deleitaran la curiosidad de cualquier lector.  Pero mejor abandonemos la sutil curiosidad; algún día nos daremos tiempo para conocer lo que él vivió y no compartió, porque además, lentamente lo iba descubriendo a medida que le sucedían las cosas. Por eso, también conoceremos su historia poco a poco, para que no se nos olvide que esta, la historia de cada quien, se escribe también lentamente, a medida que va sucediendo. Y así fue como supe de la vida de Iván:

         EN SU MORRAL SE ENCONTRÓ un mendrugo de pan ácimo, una camisa raída de hilo color leche de cabra, y un carcomido manuscrito con muchos sentimientos y sueños, milagrosamente conservado.

Lo sorprendente: sucedió en una tormentosa noche del mes de febrero, cuando trataba de arrancar unas raíces secas en las faldas del Monte Sinaí para darle más fuerza al fuego que me calentaba y mitigar con sus llamaradas la humedad que producía la noche del desierto.

Estábamos a punto de subir a lo más alto de la revelación bíblica, mis compañeros beduinos y yo, cuando la fuerza de mi coraje por hacerme con los retorcidos matorrales, dio paso a un extraño socavón que nos dejó atónitos y llenos de interrogantes a cuantos pensábamos, con atrevimiento y arrojo, ascender a una de las montañas mas ariscas de la cordillera egipcia de dos mil doscientos ochenta y cinco metros de altitud.

         Por fortuna para mí -eso lo deduje mucho tiempo después- mis compañeros, los beduinos, no prestaron mayor emoción al hallazgo, después de la sorpresa de ver un extraño hueco que se había abierto a unos metros de donde nosotros estábamos y  corroborar con las lámparas de mano, que nada particular se había mostrado ante sus ojos, aparte del morral, almidonado de tierra y áspero, que no tuvo otra explicación mayor para ellos, que la supuesta torpeza de un viejo  pastor que, suponían,  un día cualquiera habría perdido su morral con los utensilios cotidianos de quien pasa las jornadas cuidando ovejas en la falda del monte, que, por lo demás, tales “utensilios” parecían muy simples: un pan seco, una camisa vieja, y unas feas hojas de ubre de vaca.

DIGAMOS QUE… AQUELLA NOCHE ya no pude dormir; ni esa, ni otras muchas noches sucesivas, porque éstas se convirtieron, en el momento más personal y preciado para encontrarme de tú a tú, cuando los demás dormían, con el manuscrito del morral.

Al principio fue un calculado interés. Era necesario descasar, agarrar energías y levantarse mucho antes del alba para que la ascensión a la cima del Sinaí rindiera. Pero ni las estrellas ni la imaginación dejaban descansar debidamente el cuerpo agotado tras jornadas de árida naturaleza.  Por fin decidí que, tanto arriba, en el monte, como abajo, en las expediciones del desierto, sustituiría el sueño de la noche por la lectura continuada de los misterios de aquellas hojas centenarias, afortunadamente legibles. Y entre las muchas historias narradas eufóricamente, como si de un diario se tratase, Iván describía de manera asombrosamente detallada lo acontecido en su vida a causa de sus sandalias.

 

         TODO EMPEZÓ DÍAS DESPUÉS de que Iván escuchara un sin fin de rumores procedentes de Belén. Los caminos, por esas fechas estaban repletos de gente que iba y venía a su lugar de origen, obediente a la orden de empadronamiento de César Augusto, el Emperador romano. Nadie estaba contento con la orden del Emperador, de dejar sus casas e ir hasta el lugar donde habían nacido para empadronarse, pero ninguno, salvo la guerrilla judía, encabezada por Barrabás, era capaz de desobedecer una orden con tanto poder militar dispuesta a doblegar cualquier desobediencia o insurrección. El movimiento de gente desplazaba también multitud de historias que se contaban unos a otros, haciendo que el descanso en el camino, o el reposo de la noche, resultase más llevadero y complaciente.

De Belén, los rumores que se expandían como lluvia de dátiles, eran, con cada caravana que hacía alto en alguna localidad u oasis, de lo más curioso y emocionante. Se hablaba de apariciones y música celestial; de pastores que habían visto Ángeles; de un niño recién nacido que prodigaba milagros con sólo acercarse a él;  de gente o comerciantes que cambiaban sus rutas con tal de saber o conocer más de cerca sobre lo  acontecido con una pareja de recién casados y su pequeño hijo.

         Iván no tenía camino fijo a seguir. Tampoco tenía prisa por llegar a ninguna parte. Sus objetivos, sus metas, estaban sujetas a la curiosidad de su mente o a la intuición de su corazón, tal y como sucedió la tarde en que tomó la decisión de dirigirse al pueblo de Belén y corroborar por sí mismo cuanto allí estaba sucediendo.  

PERO LA NOCHE EN LA DECIDIÓ  dirigirse rumbo al pueblo de Belén, su cuerpo se había rendido al exceso de cansancio dejándose caer exhausto en un recoveco del camino, sin sentir incomodidad alguna aún cuando unos hurtadores camuflados en la oscuridad le robaron sus sandalias mientras dormía. Por fortuna su morral, que era todo su tesoro, no se lo pudieron quitar por tenerlo amarrado a la cintura y puesto de cabecera, previendo que un día pudiera desaparecer como por arte de magia. Sabía muy bien que los caminos eran la ley de la ventaja para sobrevivir, y nadie perdonaba a nadie cuando frente a ellos se presentaba una cómoda oportunidad de robar. Hasta el perro, su fiel compañero, fue presa del mismo agotamiento, y ambos fueron castigados con el hurto de sus sandalias, que llamaron mucho la atención de quien con un increíble manejo de manos, supo apoderarse de lo que no era suyo.  Por cierto, las sandalias de Iván no eran muy comunes entre el calzado sencillo de la época; con una simple mirada a sus pies se notaba que éstas eran de una hechura y material extraordinario. Su madre las había hecho especialmente para él. Fuertes, con remaches de bronce dorado que llamaban poderosamente la atención, y hebillas bellas, repujadas, regalo del orfebre de su localidad.

Nadie, durante sus primeros meses de peregrino, pudo lograr que se deshiciera de ellas, aún cuando en más de una ocasión se presentaron ofertas tentadoras. Las sandalias de Iván eran más que sólo calzado adecuado para el caminante; simbolizaban la imagen de su libertad, y al mismo tiempo su único eslabón con cuanto había dejado atrás, especialmente el recuerdo de su madre. Lloró no de enojo por el robo, ni de enfado consigo mismo por haber tenido un cansancio tan derrotador, él y su perro, que les impidió sentir cuando le estaban quitando el  calzado de sus pies. No. Su profunda tristeza la causaba la pérdida del simbolismo o la identidad que hacia ellas profesaba respecto a su libertad y a sus recuerdos. Ahora era necesario imprimir nuevo aliento a dicha actitud, y seguir adelante. Por fortuna, su ilusión era imborrable, y eso le mantenía constantemente feliz. 

         No quiso sustituir sus simbólicas sandalias por otro tipo de calzado. Prefirió seguir descalzo. Sus pies también estaban hechos al camino; eran callosos, rudos, desde la infancia. Nada nuevo se había añadido a su aventura, salvo la pérdida de un afecto material que él entendía como efímero, y se esforzaba por llenar los espacios de su mente con cosas mucho menos perecederas.

Aún tardó varios días en llegar a Belén. Por el camino ofreció sus servicios a cambio de comida. En Sikem,  la ciudad donde Roboam, hijo de Salomón, fue reconocido como rey, por todo Israel allí reunido, y a una distancia considerable de la ciudad de Jerusalén, y por la que tenía que pasar  primero, antes de llegar a la popular aldea, tuvo la suerte de encontrar trabajo estable por varias semanas. En las noches frías, se quedaba atónito escuchando las muchas versiones que cada vez con mayor colorido y entusiasmo se compartían y narraban al calor de las hogueras de las caravanas, acerca del niño prodigioso y cuanto le rodeaba. Los más ancianos sustentaban todo lo que estaba aconteciendo sobre esa criatura, con lo escrito en rollos sagrados. Los mas jóvenes especulaban sobre libertad, caudillo, y hasta con posibles y peligrosos recelos y envidias de parte del viejo Herodes y su temida familia, Arquelao, Antipas y Filipo que, muy poco o nada, se mostrarían satisfechos con la supuesta realización de las viejas profecías, en caso de que, como muchos se atrevían a señalar, éste pudiera ser el tiempo del Mesías prometido.

EN SIKEM, CUAL SERÍA LA SORPRESA DE IVÁN, que comenzó a escuchar la historia de unas sandalias, unida siempre a las historias de la familia de Belén. Por supuesto, al joven peregrino jamás se le ocurrió pensar en sus sandalias. No tenía por qué haber relación alguna con las piezas de calzado regaladas por su madre y el orfebre del pueblo,  lamentablemente robadas por algún intruso de caminos, y las sandalias milagrosas de las que muchos hablaban exagerado de detalles, e infinidad de anécdotas, dondequiera que llegaba.

Lo que Iván no sabía y quizá nunca llegó a saber, es que el experto ladrón de sutiles manos y trabajo perfecto, varias semanas después de tener las llamativas sandalias en su poder y presumirlas descaradamente despertando la curiosidad de muchos, errando su ingenio de ladrón, fue detenido en un mercado de Jerusalén por intentar apropiarse de preciosas telas provenientes de  unos elegantes fariseos que lucían sus deslumbrantes mercancías entre los puestos de vendedores y cambistas.

El delito y la pena eran tan grandes, según las leyes judías, que sólo se pagaba con la cárcel o con una elevada multa que implicaba  libertad condicional sujeta  a pronunciar públicamente no volver a robar nunca más, cosa que todos los ladrones aceptaban, pero  luego pocos cumplían.

Imposible de estar a la altura de la segunda circunstancia;  el ladrón fue encerrado en las mazmorras de la muralla, destinado a pudrirse en ellas por un largo tiempo, o morir de neumonía, deshidratación e infección intestinal, contaminado desde el momento de su ingreso en las  sobrepobladas y sucias covachas carcelarias de Jerusalén.

Pero no fue así. El ladrón mantuvo siempre vivo el ánimo de estar lúcido y fuerte gracias a sus sandalias. Inesperadamente para él éstas se habían convertido en la pieza más codiciada de sus peligrosos compañeros. Se las quisieron robar despierto o dormido. Se las jugaron a los dados y jamás las perdió; al contrario, generaban una buena fuente de ingresos de sucios platos de sopa recalentada, repartida entre los presos dos veces al día.  Las sandalias eran también la causa de la elección de los ángulos menos húmedos de la celda a cambio de ser prestadas durante unas horas.  La ambición por tal preciado calzado llegó a niveles tan tensos, que uno de los presos falleció estrangulado en una tenebrosa noche de tormenta mientras la mayoría dormía. Todos comenzaron a sentir el maleficio de las sandalias; a temer el poder de éstas. Poco a poco,  gracias a las habladurías de los guardianes, comenzaron  a expandirse también los cuentos acerca de los especiales atributos de quienes se las calzaban.  Y sucedió lo que tarde o temprano tenía qué suceder. Los rumores habían calado tanto de celda en celda, que llegaron a traspasar los vastos muros de la prisión, difundiéndose historias inverosímiles en las calles y plazas, en los mercados y lavaderos, en las posadas y en los pozos de abrevar. Ya el acontecimiento era imparable, y el sueño de muchos se transformó en deseo de poseer un día esas increíbles sandalias.

UNA TARDE, EN UNA REVISIÓN DE RUTINA entre celda y celda, aparentemente bien planeada, el jefe de la guardia conoció por fin el motivo de tanto revuelo entre sus custodios. Prendado como cualquier otro de las sandalias del prisionero, negoció su libertad a cambio de ser él, a partir de ese momento, su nuevo dueño, lo que no se puso en duda, pues la cárcel no era el mejor lugar para disfrutar de algo que, por muy preciado que fuese, comenzaba a convertirse en una carga demasiado pesada que ponía en aprietos la vida de cualquier malhechor.

         A partir de ahí, también la libertad de las sandalias seguiría caminos inimaginables. El oficial festejó en su casa su nueva adquisición invitando a amigos y vecinos. Todos coincidían en los comentarios acerca del anhelo de sentir la magia y el poder que las sandalias proyectaban sobre quien las calzaba, y nadie más, salvo su propio dueño, vivía en carne propia una extraña seguridad, atino, aplomo y suerte en todo cuanto acontecía a su alrededor.  Era requerido a reuniones, invitado a fiestas, observado a su paso por la calle y respetado por iguales y subordinados. También era cierto que las sandalias convertían la vida de quien las llevaba puestas en una continua preocupación, y debía permanecer alerta de no sufrir altercados o ataques. No era fácil ser el dueño de un tesoro tan llamativo. Comenzaba a convertirse en una gran responsabilidad.

UN DÍA EN QUE JERUSALÉN AMANECIÓ SOLEADO Y FELIZ, en el palacio de Herodes las cosas pintaban tensas y oscuras a causa de unos ilustres visitantes que habían llegado a la región pidiendo entrevistarse con el monarca reinante, el cual quedó totalmente turbado al escuchar no sólo el relato de los Magos de Oriente, sino también el resultado de las consultas de sus propios asesores y sacerdotes sobre cómo y cuándo se habrían de cumplir las profecías que hablaban de un futuro rey libertador de Israel, figura rara, extraña, en el entramado dinástico, que no estaba contemplada entre ninguno de los suyos.

La astucia del Rey Herodes le llevó a negociar en secreto con los honorables huéspedes,  invitándoles no sólo a que visitaran y cumplieran con el cometido de su misión, sino que además les ofreció a uno de sus mejores oficiales para que los escoltase hasta las afueras de la ciudad, como correspondía a su elevado rango, sugiriéndoles también que a su regreso compartieran con él toda la información recabada sobre el nuevo Mesías.

Y así, de esta manera, los tres Reyes venidos de Oriente, con toda su comitiva y acompañados de un escuadrón especial, salieron rumbo a la pequeña ciudad de Belén, guiados  sorpresivamente por una estrella que alboreaba en el cielo y que sólo ellos reconocían como indicadora del camino, fenómeno natural que no le contaban a nadie; ellos, por ser hombres de ciencia que estudiaban el Universos y las profecías, eran capaces de entender; los demás podían tomar a burla lo que la divinidad ofrecía como señales y que era parte de sus estudios.

Tras varias horas de trayecto y diferentes cambios de impresiones con el oficial del escuadrón, también los magos sintieron curiosidad por las sandalias que portaba el militar. Quedaron atrapados no sólo por el increíble valor de su trabajo artesanal, sino también, como expertos que eran en entender la lectura de las cosas, por la intuición que tuvieron sobre el poder que éstas ejercían y lo preciadas que pudieran resultar para quien fuese su dueño.

En la noche, luego de una acampada antes de despedir agradecidos al oficial y sus soldados, le propusieron comprarle las sandalias a cambio de unas piedras preciosas traídas desde Oriente.  La brisa del desierto era fría. Las hogueras esparcidas por el oasis permitían que los mayordomos y sirvientes cantaran y bailaran junto con los soldados al son del vino caliente, cordero asado y licor de dátiles.  El cielo estaba tan estrellado que el presagio de buen tiempo era seguro en días sucesivos, y eso inyectaba felicidad a los nómadas. El clima era un aliado importante para su trabajo. Todos estaban felices. Compartían un mismo esfuerzo y habían entablado grandes amistades a pesar de ser de países y culturas diferentes.

En la carpa principal, instalada a un costado del campamento, bajo una cúpula de viejas y frondosas palmeras, los tres Reyes de Oriente y el oficial comían y bebían alegremente mientras celebraban su paso por la tierra de Israel de la que tanto habían oído hablar gracias a las conocidas profecías de Isaías: “voy a darles una señal: una doncella concibe y da a luz un hijo; aquel día silbará Yahvéh”-7,14;18- que ocasionaron sus últimos estudios e investigaciones sobre el fenómeno monoteísta del pueblo judío.

En medio de esa algarabía y contentos como estaban, fueron capaces de llegar a un acuerdo con el oficial militar e intercambiar sus sandalias por un par de gemas preciosas, que de seguro constituirían por mucho tiempo el patrimonio económico de la familia.

AL AMANECER, CADA GRUPO SIGUIÓ ORDENADAMENTE SU PROPIO CAMINO. Unos de regreso a Jerusalén. Otros en dirección a Belén. Los magos comenzaron a sentir la confianza de la estrella, que de nuevo les indicaba la ruta correcta. En más de una ocasión, los tres  ilustres varones, comentaron mucho acerca de las sandalias. Hasta ellos había llegado el enigmático rumor, por parte de los porteadores alquilados a la entrada de los territorios del Jordán, de lo misterioso e impredecible de ese preciado calzado divulgado y popular, y comenzaron a considerarlo como un pequeño tesoro que sería parte de las garantías de su viaje.

Por fin llegaron a Belén -Beit Lahm- pequeña población situada en las faldas de las colinas de Judá, camino de Hebrón, rodeada de verdes campos y olivares, haciendo honor al significado de su nombre “casa de pan”.

Llegaron alborotando con su presencia a todos los vecinos. La aldea había recuperado desde hacia meses la tranquilidad que se había visto alterara con la llegada de sus naturales forasteros al empadronamiento. Gracias a esa recuperación de la normalidad, José y María pudieron encontrar una casa dónde vivir en el pueblo por un tiempo impredecible, mientras que el niño y su madre estuviesen  en condiciones de emprender su viaje de regreso a Nazaret, lugar donde tenían su hogar. Por fortuna,  José encontró fácilmente trabajo, ofreciendo entre los vecinos sus buenos servicios de carpintero.

Sin embargo, la joven pareja se mostraba muy inquieta por el clima de expectación que se había generado en torno a ellos, por el giro que habían ido dando las cosas desde su llegada hasta ese momento. A pesar de que en el secreto de su corazón sabían que el cielo les había hablado, eran gente sencilla, desenvolviéndose con humildad y familiaridad; no estaban acostumbrados a atenciones especiales. De no haber sido recibidos ni por los parientes cuando llegaron por primera vez a la aldea pidiendo posada en condiciones delicadas ante la proximidad del parto, ni encontrar siquiera un lugar en la posada; de eso, pasar de repente a ser considerados habitantes privilegiados de la aldea… se les hacía un cambio de actitud muy difícil de entender. La gente era consciente que gracias a ellos, y al hijo que tenían, se hablaba de Belén más allá de sus límites territoriales, y lo agradecían todos. Llegaban visitantes y el pueblo prosperaba.

Y la llegada de los hombres de Oriente así lo confirmo. El alboroto fue grande. La disposición de los vecinos para ofrecer servicios y atenciones era peleada por los lugareños, porque recibían importante salario a cambio de su trabajo.  Se fortalecía la economía de la aldea y nadie objetaba nada ante una situación tan privilegiada. Tanto así, que un sábado en la Sinagoga le ofrecieron formalmente a José la posibilidad de quedarse a vivir con su familia en la aldea de Belén.

No fue difícil para los eruditos visitantes dar con la casa. No solamente la estrella dejó sentir su especial e invisible resplandor sobre una en concreto, si no que las docenas de niños que jugaban en las calles condujeron a los Ilustres hasta el lugar que buscaban. Los hombres dejaban de lado la herramienta de su trabajo y se asomaban admirados a ver pasar la comitiva por sus empolvadas calles. Las mujeres arrinconaban las labores y hacían ruedas unas con otras, alardeando asombradas lo afortunados que eran con estos acontecimientos; sabían que muchas de estas importantes visitas eran motivo de fiesta en el pueblo, y de trabajo bien remunerado; por eso estaban felices.

TODO FUE INCREÍBLE, MARAVILLOSO… José y María se mostraban anonadados. Lo asumían todo con humildad y paciencia. Ambos comentaban: “sólo Yahvéh sabe por qué suceden estas cosas” y aunque no entendían mucho ese por qué y el cómo se desarrollaban los acontecimientos, era necesario guardarlo en lo profundo del corazón, quizás más adelante Dios se dignase ayudarles a tener más claridad en sus mentes.

Para ellos fue difícil saber tratar durante varios días a tan dignos personajes. Los visitantes, por el contrario, se mostraron siempre familiares y comprensivos con la pareja y el niño.  Cada día se acercaban desde su campamento hasta la casa para compartir conversación con la familia e intentar comprender de viva voz, de María y José, cuanto sabían de las profecías y del niño. Ellos mismos fueron los que aportaron ofrendas y regalos para que todo estuviese en orden y no alterar la vida cotidiana de la casa con su presencia. Pasaban largas horas también con los habitantes del pueblo y llegaron a ilustrar a sus vecinos sobre cómo entender el presente y el futuro, respondiendo siempre a las preguntas que las personas les hacían. Cuando el niño no dormía, éste era su deleite y su juego. Los días pasaban y era evidente cómo crecía y se fortalecía llenándose de infantil sabiduría, porque la gracia de Yahvéh estaba sobre él. Por las noches hablaban mucho sobre lo que pudiera suceder. José y María se mostraban prudentes, cautos, ante la inteligencia de aquellos hombres, y porque además no tenían aún muy claro qué podía suceder con sus vidas de ahí en adelante.  

Una de esas noches, los magos abrieron un cofre y le regalaron a José las sandalias. José quedó atónito ante su artesanía, repujado y belleza. Él era de los pocos que ignoraban la popularidad de dicho calzado; nunca había oído hablar de aquel par de sandalias, y agradeció a sus invitados el detalle que una vez más, tenían para con ellos. José, para hacerles honor por el regalo, se quito sus chanclas viejas, y se puso, en su presencia, sus nuevas sandalias. Se miraba feliz, agradecido.  Estaba contento.

CUANDO IVÁN LLEGO A LA ALDEA DE BELÉN, habían pasado ya varios meses desde que los hombres de Oriente regresaran a su tierra por caminos diferentes a los de llegada,  a fin de no verse obligados a visitar de nuevo al Rey Herodes y compartir explicaciones sobre todo cuando habían visto y oído. Uno de sus mayordomos comentó en privado que habían sido avisados en sueños, por un ángel que actuaran de esa prudente manera, porque Herodes no tenía buenas intenciones.

Según lo acostumbrado, cada vez que llegaba a un lugar habitado,  Iván, lo primero que hacía era solicitar trabajo en la posada u ofrecer sus servicios a quien los requiriera a cambio de su comida, y un rincón para dormir; no pedía más, nada más; y casi nunca, o pocas veces, daba explicaciones de por qué había llegado a ese sitio concreto. Y esta vez tampoco sería la excepción. Y no lo hacía, porque el destino era impredecible. Como impredecible fue el deseo que lo condujo hasta ese lugar y no a otro. Y aunque en este caso pudiera estar muy clara la motivación de su presencia en la aldea por  la fama del niño, de quien todos hablaban, nadie le cuestionó qué le traía a ese lugar. Todos dieron por hecho que se trataba de uno más de los muchos curiosos que buscaban a la familia llegada de Nazaret, y que se encontraba temporalmente en Belén; o que deseaba conocer algo nuevo sobre la historia de las sandalias que ahora calzaba José, el nuevo carpintero, el cual, también por eso, sin proponérselo, se había convertido en la envidia de muchos codiciosos.

El día que por fin se decidió acercarse a la casa, José iba llegando del trabajo. Lo vio parado, titubeante, mirando absorto a unos metros de la puerta. Ya era más de media tarde y también los ruidos de toda una jornada de trabajo y  juegos infantiles, comenzaron a guardar silencio. El cielo se prestaba a vestirse de un ocaso gris naranja y las bandadas de pájaros daban giros en torno a las ramas de los árboles agotando energías antes de refugiarse en sus nidos para dormir. De las humeantes chimeneas salían olores a guisos diferentes, pan recién horneado y madera casi húmeda convertida en brasa. Iniciaba la noche. Comenzaba el tiempo del hogar.

Lo que más había llamado la atención de los vecinos en todos esos meses, había sido la estrella. Desde que los Magos llegaron a la casa de José y María en Belén, con ellos llegó también un fenómeno especial del cielo: la estrella. Al principio pareció ser como algo invisible que irradiaba cierta claridad en la penumbra, pero poco a poco el acontecimiento celeste se hizo evidente para todos.  Cada noche estaba ahí, vigilante, iluminando increíblemente el hogar del carpintero y reafirmando que ese niño era el precursor de cosas grandes, porque ya desde sus primeros días el cielo lo cuidaba. Dentro de la casa, el llanto del pequeño, como el de cualquier niño, se hacía agudo y persistente, hasta que, de pronto, un gran silencio dio pie a que los dos hombres pensaran  muchas cosas, todas ellas entendidas, cuando María les abrió la puerta, y llevándose uno de los dedos de la mano a sus labios y mirando sonriente a los dos varones, les dijo en tono suave: “se acaba de dormir, era su hora de comer”.

José invito a Iván a entrar con ellos en la casa. José e Iván parecían de la misma edad y pronto sintonizaron en la forma de ver las cosas  e intercambiar puntos de vista  sobre cuanto estaba aconteciendo en ese momento de la historia en Israel. María llevó a Iván al rincón donde el niño dormía en una hermosa cuna trabajada con las manos de su padre, para que lo conociera. Ambos, madre e hijo, se veían increíblemente bellos. Esta estampa de maternidad, difícilmente la borraría Iván de su corazón por el resto de sus días. Son sensaciones que no se pueden explicar. Se viven, y se guardan.

EN POCOS DÍAS, Iván sintió fuertemente dentro de sí mismo que ya estaba cumplido el motivo de su viaje. Encontrarse con esa dulce y cristalina estampa: una familia al parecer sagrada. Un hombre, su esposa y su niño, que desde su sencillez y silencio irradiaban un misterio de paz a cuantos convivían con ellos, difícil de explicar; algo así como un gran deseo de imitarlos. Y aún sin habérsela  imaginado tan hermosa, la estancia en Belén había merecido la pena la paciencia y las dificultades pasadas para llegar hasta ese rincón de Israel. Quizás a este momento se refería el Profeta Miqueas -5,1- cuando dijo: “Tú, Belén, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquél que ha de ser el pastor de mi pueblo, Israel”.

A la hora de despedirse, José le quiso hacer un regalo a Iván. José se preguntaba a sí mismo por qué el joven siempre iba descalzo. Y también le resultó anecdótica, la discreta curiosidad que éste mostrara hacia sus sandalias, sin comentar nada; quizá era porque él no tenía calzado, o porque llamaban la atención por su hechura y originalidad. Sin embargo, ninguno de los dos se atrevió a romper la prudencia de preguntarle nada al otro. Ambos eran tan humildes y discretos, que desde el silencio supieron leer sobradamente la curiosidad en sus respectivos corazones.

María lo despidió en la puerta de la casa con un beso, y los dejó solos mientras ella regresaba hacia la cuna del niño y ver que todo estaba en orden con el pequeño. José lo acompañó gentilmente hasta la mitad de la calle. Ahora ya era nuevamente casi de noche, como la tarde en que él llegó; la estrella, quizás otra,  le seguía dando un encanto especial no solamente a toda la casa, sino también al horizonte del camino, que resultaba visible y confortable. Entonces, José se quitó las sandalias de sus pies, y entregándoselas a Iván, le dijo: “toma, quiero que sean para ti; entre los tres: María, José y Jesús, el niño, te las regalamos”

Iván no tuvo tiempo de decir nada. Algo superior a él estaba embargando de emoción su persona.  Abrazó a José. Dejó caer lágrimas de sus ojos sobre las mejillas, y se fue caminando, emocionado, lleno de su meditativo silencio para el resto del camino, con las sandalias puestas.

Sólo él, y nadie más, sabía que las sandalias habían vuelto a sus pies... ¡No daba crédito a lo que había sucedido! Su corazón iba más rápido que su mente.  Era feliz, muy feliz. Había valido la pena dejar atrás a los suyos e ir al encuentro de la paz.

ESTABA DE NUEVO SOLO, EN EL CAMINO, con su morral, y calzado con las sandalias que le regalaran su madre y el orfebre de su aldea. Un fino matiz luminoso de la estrella lo fue siguiendo. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?.  Lo más seguro que hasta el encuentro de nuevas historias. 

Las brasas del fuego que me calentaba en lo alto del Sinaí, comenzaban también a apagarse. Mis amigos beduinos estaban dormidos desde hacía mucho tiempo, y yo también necesitaba descansar. Tenía ansias de seguir leyendo el carcomido manuscrito del morral. No era fácil, porque se encontraba bastante deteriorado, y, la noche lo hacía más complicado todavía. Pero no era imposible. Solo necesitaba tiempo, paciencia, perseverancia. Y el silencio y la soledad del Monte Sinaí me ofrecían ese tiempo a manos llenas. Me encontraba en el lugar más inspirado, donde un día, muchos años antes del nacimiento de ese niño, Yahvéh inicio la libertad de su pueblo, que lo constituyen aquellos que guardan su ley y cumplen sus mandamientos. Ahora yo estaba también ahí, siglos después de la historia del Sinaí y de la historia de Belén, y tenía un manuscrito, para no olvidar el pensamiento más importante del ser humano: “Dios está con nosotros”.

 

 

Comentarios

Envía tus comentarios

  
Más Artículos