E L   P A C T O   D E   L A   A L E G R I A 

 

Como un impresionante tsunami, el pesimismo esta embargando el ánimo de muchas personas, demasiadas, logrando que un sentimiento de resignación empiece, peligrosamente a dar “estilo” y “forma” a una nueva generación que puede asumir por "natural” ser “la generación de la tristeza”.

En la casa no me entienden, en la escuela me hostigan, en la calle me acechan, en el trabajo me comparan, en la iglesia me hacen cismático… solo-a, en la soledad de mi mismo-a, me lo creo todo. El bullying subliminal describe mi realismo. ¿Para qué vivir? ¿Vivir, es vivir así? La realidad de la tristeza me acusa cada mañana al mirarme ante el espejo y peinar mis enredos para salir a la calle. Salgo con lo que soy. Salgo con lo que tengo.

Alex Lora, escribió para el Tri -el grupo rockero mexicano- una de sus canciones más significativas  “todo me sale mal” con el desgraciado pesimismo que envuelve a nuestra nueva generación: La raza me dice que todo lo que hago/ que todo lo que hago, que todo lo que hago, ¡está mal! /…  Y yo no sé por qué. Yo le echo muchas ganas pero...  / ¡Nada me sale bien! /…  la banda me dice que todo lo que hago, / que todo lo que hago, que todo lo que hago, / ¡está mal! Y yo no sé por / Si estoy en el cielo, me siento en el infierno…

 

LA TEORIA DEL PENDULO

Mucho ha aumentado el número de personas que me busca con el tema de la depresión y el suicidio. Si enfatizo que el número de jóvenes es relevante, no hago otra cosa más que dar testimonio del aumento de  tristeza que entra por la puerta de mi oficina arrastrando las secuelas del silencio, el aguante, los complejos, la vergüenza… que llevan al suicidio real a los que no hablan, y, salvan, de manera sorprendente, a los que sí hablan, porque el hablar termina encontrando respuestas que buscan los porqués de la vida.

El columnista Ramón Cortes, en su editorial del 21 de mayo, escribiendo casualmente de la asertividad desde la teoría del péndulo, decía que: “quienes se encuentren entre los que sufren silencio, exterioricen. La asertividad es la habilidad que está en el punto medio entre la pasividad -cuando no te atreves a decir las cosas- y la agresividad -cuando lo que decimos hiere- . Es, el vaivén del péndulo. Dos extremos, pasividad y agresividad. En medio, la asertibilidad”.

Cuando un joven le pregunto a Harvey Milk qué podía hacer para conseguir acabar con su estigma de homosexual silencioso que le devoraba por dentro, este le respondió: “habla. Sal y cuéntaselo a alguien. No calles y serás libre”. Hoy cuarenta años después, el escritor Andrew Salomón hace igualmente suyo el consejo del líder activista gay para orientar a los patológicamente silenciosos.

 

LA EPIDEMIA DEL SILENCIO

Resulta  curioso que siendo hoy todos nosotros habitantes de la sociedad del ruido, el individuo sufra la epidemia del silencio. Bueno, es como la contraindicación de un efecto positivo, nada es perfecto y, algo, que te cura algo, algo te perjudica. Ahí es cuando aparece, la no libre medicación, todo tiene su dosis, sus horas reglamentarias. El ajetreo, la orfandad, lo fácil, el diferente, la tecnología, la soledad… esta encajonando a muchos -y, jóvenes- en la amargura de la existencia. ¡Para qué vivir si vivimos muertos! Joel Dicker, tiene un hermoso dialogo en la página 92 de su obra, “el libro de los Baltimore” que dice así: “Wood, ¿Por qué me proteges? / No te protejo. Es solo que me gusta estar contigo. / Pues yo creo que sí me proteges. / Entonces, tú también me proteges a mí. / ¿De qué te protejo yo? Si soy un canijo. / Me proteges de estar solo…”

Es esta soledad revestida de falso acompañamiento la que atosiga a tanto joven y adulto que no ha sido crecido en el entendimiento de la realidad. Para todo hay que aprender, para todo hay que educar. Es un error si dejamos fuera de la preocupación y el adiestramiento un elemento clave de nuestra vida, que es la “sensación” interior. No es solo aprender las regiones del mundo, las declinaciones de los verbos, las formulas de la física, las ecuaciones de las matemáticas, las normas de circulación. El manejo del play station, las reglas de basquetbol, las marcas de carros último modelo, las tendencias de colonia vanguardista, el hit party de la música… también hay que incluir ahora el conocimiento de los estados anímicos, la capacidad entre querer y poder, el rastreo de las fortalezas y debilidades de la propia persona… instrumentos psicológicos para enfrentar realidades nuevas que, llegan, sin fronteras, los hachers de la desilusión, a fin de que ese hartazgo de cosas que insatisfacen, no desmerezca la persona que sí cuenta con herramientas necesarias para no caer en el infinito agujero negro de la nada.

El libro, “El demonio de la depresión”, de Andrew Salomón, publicado en la Editorial Debate y finalista del Premio Pulitzer, plantea la depresión del individuo como una espiral del secreto: “Cada vez que alguien que ha sufrido una depresión se lo cuenta a otro estamos rasgando la cortina del secretismo, se libera, vuela. Aquellos que se ven confinados en el silencio tardan más en recuperarse. La depresión del silencio es el secreto que todas las familias tienen”.

Hay una anécdota valiente de Andrés Iniesta el jugador estrella del Barcelona club de futbol: “Te encuentras mal y la gente que te rodea no lo entiende; y el Andrés que todo el mundo conoce se está quedando vacío por dentro -cuenta en su libro “las memorias de mi vida”- La bola se va haciendo cada vez más grande. Eso es duro, muy duro”. Así le confió su viacrucis a una psicóloga a la que acudió porque a pesar de tanta fama exterior tenía gran soledad interior. “La gente ignora que alguien a quien admiran, sufre mucho”.

 

EL MOMENTO DE UN NUEVO PACTO

Es preciso diseñar un “pacto de la alegría” con nosotros mismos. Es preciso que aquellos que educan incluyan en sus objetivos y metas un “pacto de la alegría”. Creerlo, llegar a forzar esa convicción, trabajar en ella de manera orfebre a cada momento, en cada día, incluirla en los discursos, en los proyectos, en la mentalidad, en la actitud, en la publicidad, en la obsesión, en la redundancia, en la evaluación, en la necesidad. La educación va por detrás de los métodos de ataque, es necesario ser más proactivos, trabajar más el olfato, la intuición como padres o educadores, cazar amenazas, anticipadamente  en nuestro entorno, necesitamos hacer muchas cosas que lo cotidiano no contempla. Podríamos hablar de inteligencia aumentada, pasar de respondedores de capacidades medias a individuos con intuiciones avanzadas. Este es un escenario de retos muy emocionante. Algo tiene que contrarrestar el pánico de nuestra vida, el hábito de la pena, la tristeza como sentimiento base… ese tsunami de la decepción que lleva al suicidio.

Francisco, el Papa, comento con el Patriarca egipcio Tawadros II y el Imán de Al-Azhar, en su encuentro del 25 de abril 2017, que: “el amor y la misericordia tienen necesidad de darse por aludidos para hacer personas libres y liberadoras, valientes, que saben construir sin encerrarse en prejuicios”. Y en esa misma posición de construirse y dar, es también la recomendación del escritor Andrew Salomón, cuando dice: “ama desde una distancia cuidadosa si eso es lo que tienes que hacer, porque aunque el amor, por sí solo no puede curar la depresión, es la herramienta más cercana que tenemos”.

Los consejos vagos, la norma obsoleta, la moral prejuiciosa, la fe mentidora, la leyenda negra de todo lo que se decía cierto, pero que no puede ser… no ha dado resultado; la libertad ha traído vacio porque no ha venido acompañada de herramientas y conocimiento. La libertad no es mala, es el don más preciado, lo malo ha sido la orfandad en la que los “maestros ignorantes” han permitido la entrada de la nueva generación al paraíso de la globalidad.

Si fracasó lo anterior, dejemos de lamentarnos en lo inútil y probemos el reto de lo diferente, solo así sabremos si el niño y el joven encontraran en su futuro la felicidad de su tiempo.

 

 

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